Era cierto que Traveler dormía poco, en mitad de la noche suspiraba como si tuviera un peso sobre el pecho y se abrazaba a Talita que lo recibía sin hablar, apretándose contra él para que la sintiera profundamente cerca. En la oscuridad se besaban en la nariz, en la boca, sobre los ojos, y Traveler acariciaba la mejilla de Talita con una mano que salía de entre las sábanas y volvía a esconderse como si hiciera mucho frío, aunque los dos estaban sudando; después Traveler murmuraba cuatro o cinco cifras, vieja costumbre para volver a dormirse, y Talita lo sentía aflojar los brazos, respirar hondo, aquietarse.
¿Dónde huir? Tibio vacío, ingrávida somnolencia retiene aquí mi presencia, toda moroso albedrío, en este salón tan frío reino del tiempo tirano. ¿De qué nos sirvió el verano, oh ruiseñor en la nieve, si sólo un mundo tan breve ciñe al soñador en vano? Luis Cernuda
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